
Cambio de hora: el reloj que nos roba más de lo que da
Victor Manuel Arce Garcia
Otra vez se nos viene el cambio de hora en Chile, esa ocurrencia absurda que nos trastoca la vida cada año sin que nadie termine de explicar por qué seguimos con esta farsa. En abril de 2025, cuando el reloj retroceda y las tardes se tiñan de negro antes de tiempo, no solo estaremos lidiando con el sueño y el mal genio, sino con una realidad que el gobierno prefiere ignorar: este ajuste nos hunde la productividad laboral y pone en jaque la seguridad de millones. Y mientras tanto, las autoridades, cómodas en sus oficinas, nos venden la misma excusa gastada del "ahorro energético" que ya no engaña a nadie.
Hablemos de trabajo, porque ahí empieza el desastre. Nos dicen que amanecer con luz nos hace más productivos, pero eso es una fantasía para quienes no pisan una micro atestada ni se matan en jornadas de 10 horas. El cambio de hora nos desajusta el cuerpo, punto. Estudios como los de la Universidad de Oxford ya lo dejaron claro: alterar el ritmo circadiano es una receta para el agotamiento, la desconcentración y los errores.
En Chile, donde el trabajo digno ya es un lujo y los sueldos no alcanzan, sumar este despelote es casi un castigo. ¿Productividad? Por favor. Lo que ganamos son oficinas llenas de zombis cafeinados, reuniones que no sirven para nada y jefes preguntándose por qué todo se fue al carajo las primeras semanas. Pero claro, el costo lo pagamos los de abajo, no los que firman decretos desde La Moneda.


Y si el trabajo se resiente, la seguridad es el golpe final. Con las tardes más oscuras, volver a casa se convierte en una ruleta rusa. En un país donde la delincuencia campa a sus anchas —gracias, por cierto, a políticas tibias y promesas vacías—, dejar a la gente en calles sombrías es como servirla en bandeja. Los datos del Ministerio del Interior no mienten: los asaltos suben cuando cae la luz, y el cambio de hora es un regalo para los que viven de la penumbra. ¿Llegar a salvo? Buena suerte si vives en Quilicura, Puente Alto o cualquier barrio donde las luminarias son un adorno y la policía, un rumor. Esto no es un "inconveniente menor"; es una negligencia que nos cuesta caro, y a veces hasta la vida.
¿Y qué nos dicen los defensores de este circo?
Que las mañanas luminosas "impulsan el comercio" o "reducen accidentes". Puras palabras bonitas que se caen a pedazos en un Chile donde el transporte público es un chiste y las ciudades están hechas para los autos, no para la gente. El famoso ahorro energético, esa zanahoria que nos cuelgan desde los 70, es otro mito desmentido por el propio avance tecnológico. Hoy gastamos luz igual, con o sin cambio de hora. Entonces, ¿para qué seguimos con esto? Porque cambiarlo requiere huevos, y en este país la inercia manda. Los políticos prefieren no meterse en líos, total, los que pagan el pato somos nosotros: los que madrugamos, los que corremos a la pega, los que rezamos para no ser la próxima estadística.
Esto no puede seguir así. Si el cambio de hora nos roba tiempo, seguridad y salud, que alguien dé la cara. ¿Dónde están los estudios serios que lo justifiquen? ¿Por qué no se consulta a los que lo sufrimos? Basta de decisiones a puertas cerradas y excusas de cartón. Porque mientras ellos duermen tranquilos, nosotros seguimos poniendo el hombro para que el país no se derrumbe, solo para que un reloj mal puesto nos lo haga más difícil. Qué vergüenza.







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