¿ Cuál es la propuesta mapuche frente al estallido social chileno ?

Opinión El miércoles Por
En momentos de crisis social, todos tienen derecho a expresarse y proponer sus ideas. Eso es necesario para perfeccionar la democracia cooptada que tiene Chile. Otra cosa bien distinta, es la viabilidad de algunas propuestas que no pasan del titular, propuestas que en algunos casos parecen más intentos de priorizar su propia vigencia a costa de cualquier cosa, o sus intereses personales, mucho más que la dignidad de la misión que debemos adoptar.
Diego Ancalao (2)

Debemos superar la saturación de aquellos discursos basados en consignas, pero completamente vacíos de contenido, claridad y proyección, esto con la intención de entregar un mensaje y una propuesta clara a nuestro vecino, hermano y aliado pueblo de Chile que fortalezca la unidad social y política que se ha dado hoy de forma natural, sin intervención de supuestos líderes mesiánicos. Los mismos líderes que, ya en democracia, no han resuelto los problemas esenciales de los pueblos indígenas. Al parecer, en los pueblos originarios se da el mismo fenómeno que se vive en Chile, con actores sociales y políticos que carecen de total legitimidad, como Lagos, Girardi y Quintana, es decir, quienes ostentan el poder formal, pero carecen completamente de poder moral y legitimidad.

Esto toma mayor importancia hoy, en que el pueblo de Chile ha reconocido al pueblo Mapuche,  toma nuestros símbolos, apoya nuestras demandas y valora nuestras luchas y resistencia centenaria. Nos encontramos hoy frente a un apoyo mutuo, ante un adversario común, la casta política y económica que administra el Estado y la democracia para sostener y proyectar sus privilegios, a costa de todos nosotros los excluidos del modelo de desarrollo.

Hace pocos meses un dirigente indígena, reiterando algunas ideas que hemos escuchado antes, había propuesto el co-gobierno, que es decir que en La Araucanía exista un intendente chileno y otro mapuche, designados de alguna manera y propuesto por una sola organización mapuche. Hoy, ese mismo dirigente, propone la independencia mapuche y un Estadio propio. Estos planteamientos, que son expuestos sin el sustento suficiente, quedan más bien en simples buenos deseos.

Lo anterior podría ser creíble en forma y fondo, sin embargo, al mismo tiempo este mismo tipo de dirigentes es candidato a cargos dentro del Estado de Chile, por lo que hace my poco entendible dichas propuestas tan revolucionarias, ya que la posibilidad de tener autoridades mapuche en distintos gobiernos no mejora automáticamente nuestra condición de pueblo. En efecto, contar con un alcalde, diputado, senador, intendente, subsecretario o ministro mapuche, es mucho más un triunfo personal o partidario, que un éxito colectivo. Con alguna honrosa excepción.

Como mapuche, me encuentro en el centro de fuerzas opuestas e igualmente negativas, que actúan simultáneamente. Están, por un lado, un grupo de mapuche “complacientes” que sin respeto por sí mismos y resignándose a su estado de pobreza, estiran deshonrosamente la mano a la espera de bonos y subsidios, todo a cambio de no cuestionar o criticar a quienes administran el poder político, que les otorgan esas prebendas.

Por otro lado, están los “flagelantes”, que están llenos de resentimiento, odio y frustración nacida de la violencia de la discriminación institucionalizada. Muchos de ellos han llegado al convencimiento de que la violencia es la única vía de solución a todos los males que sufren o han sufrido, llegando a defender las opciones radicalizadas del indigenismo fundamentalista. Esta resulta ser, además, la justificación que utilizan los grupos de poder para militarizar y judicializar nuestra causa.

También están aquellos hermanos mapuche seguidores de la tradición judeo-cristiana, que muchas veces están más centrados en alcanzar la salvación personal que la que requiere su pueblo, como una gran comunidad que tiene un destino común.

Y existen, además, pequeños grupos que estiman que para ser mapuche hay que conservar la sangre, las tradiciones y las costumbres en su estado más puro. Esto recuerda el racismo que prioriza la raza única, tantas veces fracasado. Para ellos un mapuche debe vivir en el campo, andar con manta y trarilonco y criticar todo lo que no es mapuche. Claro que son los mismos que usan plataformas de comunicación norteamericana, celulares chinos o coreanos, autos japoneses y poseen gustos globalizados.

Sin embargo, nunca nuestros antepasados han intentado quedar bien con todos los sectores para conducir el proceso de emancipación del pueblo. El líder Mapuche, que venció al imperio español,  Pelantaro de Purén Indómito, por ejemplo, debió enfrentarse a quienes se sentían cómodos trabajando como amigos de los españoles (los llamados Mareguanos de Santa Cruz). Pero fue capaz de trazar una estrategia firme, disciplinada y clara, de la cual debemos aprender hoy.

Las propuestas van desde los que apoyan cualquier cosa que diga el Gobierno; los que tratan que un mapuche logre ser electo para incorporarse como delegado; otros hablan de cupos reservados para los pueblo indígenas en la Convención Constituyente, que no alcanza para asamblea; otros más osados proponen hacer asambleas indígenas para proponer sus temas en la constitución; y otros derechamente hablan de hacer su propia asamblea para redactar su propia Constitución y Estado.     

Sin embargo, creo que el camino más claro y justo a seguir, es el crear nuestras propias asambleas, pero para firmar un pacto social y político con el pueblo de Chile y el Estado, que incorpore claramente el reconociendo como nación indígena en la Constitución, en perfecta concordancia con Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos, Artículo 6, que indica que “Toda persona indígena tiene derecho a una nacionalidad”, y en el Artículo 8, que dice “Los pueblos y los individuos indígenas tienen derecho a no ser sometidos a una asimilación forzada ni a la destrucción de su cultura”. Y, fundamentalmente, el Artículo 9, que dice señala que “Los pueblos y los individuos indígenas tienen derecho a pertenecer a una comunidad o nación indígena, de conformidad con las tradiciones y costumbres de la comunidad o nación de que se trate. Del ejercicio de ese derecho no puede resultar discriminación de ningún tipo”.

"Finalmente, debemos ir más allá y tomar el Tratado de Trapigue como fundamento incuestionable de soberanía y hermandad, e incorporar un estatuto de autonomía territorial y política, con un parlamento indígena por identidad territorial, pero lo que no se encuentra en la ecuación es la independencia con un estado propio, ya que no se encuentran las condiciones políticas, de poder, ni económicas. Podría ser una discusión a dar, pero la carreta siempre debe ir atrás de los bueyes". 

·         Por Diego Ancalao, presidente Fundación Instituto de Desarrollo y Liderazgo Indígena.

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