
ODS, Permisología y Ética del Equilibrio
Christian Slater E.
Reflexiones sobre Ética
Desde 2015, los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) son un marco global promovido por la ONU, que abarca 17 metas aprobadas por 193 países. Estos objetivos buscan fomentar el desarrollo sostenible a través de tres pilares interconectados: crecimiento económico, bienestar social y protección del medio ambiente. Estos pilares no son independientes; en realidad, se refuerzan mutuamente y deben ser atendidos de manera equilibrada. El desafío radica en reconocer que cada decisión impacta todos los aspectos del sistema.
Este enfoque ha ganado terreno en el discurso internacional y se ha empezado a integrar gradualmente en sistemas educativos, desde la formación escolar hasta la universitaria, convirtiéndose en un componente del entendimiento social. Sin embargo, su difusión presenta riesgos: puede simplificar ideas complejas en consignas vacías que no reflejan la realidad.
El verdadero desafío no son los ODS en sí, sino su interpretación y aplicación. Varios estudios demuestran que estos objetivos no siempre son plenamente compatibles, y su implementación requiere más que buena voluntad: es necesario un enfoque coherente y equilibrado. Desarrollar sosteniblemente no significa avanzar en cada objetivo de forma aislada, sino encontrar una armonía entre ellos, especialmente cuando entran en conflicto.
Un caso claro de este dilema se encuentra en el sector energético. La necesidad de asegurar energía accesible para la población debe coexistir con la urgencia de proteger el medio ambiente. Mientras que los proyectos energéticos son vitales para el desarrollo de un país, también pueden tener impactos negativos que generan preocupaciones válidas. En ocasiones, avanzar en un objetivo puede dificultar otro, y aquí es donde la ética se convierte en un ejercicio de discernimiento.
Esto se observa, por ejemplo, cuando se rechazan o ralentizan proyectos energéticos que cumplen con los estándares ambientales. Aunque la intención puede ser positiva, los efectos pueden resultar en menor disponibilidad de energía, mayores costos y una desaceleración del desarrollo, perjudicando así otros objetivos importantes.
Esta situación transforma la discusión de una cuestión técnica a una ética. Aristóteles afirmaba que la virtud se encuentra en el término medio, alcanzando un juicio prudente en circunstancias específicas.
En Chile, esta tensión se refleja claramente en el debate sobre la permisología. Los sistemas de evaluación y regulación son cruciales para proteger el entorno y las comunidades, pero cuando se vuelven demasiado extensos, inciertos o fragmentados, pueden tener el efecto contrario. En lugar de facilitar proyectos, los retrasa o incluso los paraliza, lo que no solo detiene inversiones, sino que limita oportunidades de empleo y desarrollo.
Esto no significa que se deba eliminar la regulación; la falta de control puede provocar daños irreparables y conflictos sociales. El problema radica en la pérdida del equilibrio, cayendo en extremos: o un desarrollo sin restricciones o un control que paraliza. En ambas situaciones, la posibilidad de avanzar de manera sostenible se ve comprometida.
En este contexto, la educación ética reviste una importancia crucial. En el ámbito académico, especialmente en instituciones comprometidas con estándares de calidad como la Universidad Bernardo O’Higgins, la tarea va más allá de transmitir principios; se trata de formar criterio. La complejidad del mundo actual exige esta formación.
No obstante, persiste una pregunta fundamental: ¿estamos formando profesionales que puedan enfrentar la realidad o simplemente replicamos ideales? La moral puede señalar lo deseable, pero la ética requiere explorar cómo implementarlo sin consecuencias negativas. Esta distinción ayuda a evitar decisiones inflexibles que, aun siendo bien intencionadas, obstaculizan el desarrollo.
No es suficiente con proponer principios correctos; es esencial que exista coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. De lo contrario, se corre el riesgo de caer en la apariencia.
En este sentido, Adela Cortina, una filósofa contemporánea, ha advertido sobre la distinción entre una ética auténtica y lo que ella denomina "maquillaje ético": prácticas que aparentan ser correctas, pero no generan resultados consistentes. Cortina también distingue entre mínimos y máximos éticos: los primeros conforman un espacio común donde es posible construir acuerdos hacia el Bien Común.
Un ejemplo cotidiano ilustra esto: separar residuos puede parecer un acto responsable, pero si luego se mezclan en la recolección, la acción carece de sentido. Algo similar ocurre con la promoción de principios de desarrollo sostenible si las decisiones adoptadas impiden su aplicación efectiva.
Frente a esta complejidad, es crucial revaluar la virtud de la prudencia. Esta no significa inacción, sino la capacidad de deliberar con criterio antes de actuar. Implica reconocer que es mejor dialogar, evaluar y permitir que los proyectos avancen de forma adecuada y en plazos razonables.
En este marco, es pertinente recordar a Jürgen Habermas, quien afirmaba que una democracia madura requiere un espacio público saludable donde se discutan los asuntos comunes con argumentos y responsabilidad. Su enfoque es útil para tratar las tensiones del desarrollo sostenible: se debe abordar desde la deliberación y no desde la imposición o el bloqueo.
En resumen, los Objetivos de Desarrollo Sostenible y la regulación no fallan en su formulación ni en su propósito. Ambas iniciativas responden a necesidades reales. El problema nace cuando se aplican sin juicio, se pierde el equilibrio y se sustituyen decisiones informadas por consignas. El desarrollo sostenible no depende solo de buenas intenciones, sino de la capacidad para concretarlas en la práctica. Es en ese espacio, donde la prudencia, los acuerdos mínimos y la deliberación responsable se unen, que una sociedad puede avanzar con sentido.
Christian Slater E.
Profesor de Formación Ética para el Desarrollo Sostenible.


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