Habermas, Warnken y la política de las acciones.

La reflexión del escritor Cristián Warnken sobre el estilo de liderazgo que Chile necesitaría coincide con un momento en que el debate público parece concentrarse en gestos menores, mientras las decisiones de gobierno comienzan a desplegarse en los hechos.
Opinión14 de marzo de 2026Christian Slater E.Christian Slater E.
Jürgen Habermas
Jürgen Habermas

Este 14 de marzo nos enteramos del fallecimiento en Alemania, a los 96 años, del filósofo Jürgen Habermas, una de las figuras más influyentes del pensamiento político contemporáneo. Su obra estuvo dedicada, durante más de seis décadas, a reflexionar sobre la democracia, la ética pública y la calidad del debate en la vida política.
Habermas defendió una idea exigente pero profundamente democrática: la legitimidad de las decisiones políticas no proviene únicamente del poder formal de quienes gobiernan, sino de la capacidad de explicar, argumentar y someter esas decisiones al debate racional de la ciudadanía.
Para ello desarrolló conceptos que hoy forman parte central del pensamiento político moderno, como la "esfera pública" y la "acción comunicativa". Con ellos sostenía que una democracia madura requiere un espacio público sano, donde los asuntos comunes se discutan mediante argumentos, responsabilidad y voluntad de encontrar soluciones compartidas.
Resulta curioso —y también revelador— que la muerte de este pensador coincida con un momento político que parece poner a prueba, incluso en un país tan distante como Chile, algunas de las ideas que defendió durante toda su vida.
En una reciente columna publicada en El Mercurio, el escritor Cristián Warnken planteaba una reflexión interesante sobre el estilo de liderazgo que debería ejercer el nuevo Presidente de Chile, José Antonio Kast. Warnken sugería que el país podría beneficiarse de un presidente sobrio, menos espectacular y más concentrado en gobernar que en comunicar. Incluso utilizó una expresión provocadora: Chile —decía— podría necesitar un presidente "fome", es decir, sobrio, austero, más cercano al estilo de Jorge Alessandri que al de liderazgos más estridentes.
Más allá del tono provocador de esa afirmación, la idea de fondo es atendible. Warnken plantea que el país necesita menos espectáculo político y más acción concreta del Estado.
Sin embargo, si se observan con cierta atención los primeros días del nuevo gobierno, pareciera que precisamente ese estilo de liderazgo es el que comienza a desplegarse.
Antes incluso de asumir formalmente el cargo, el entonces presidente electo sostuvo reuniones con diversos jefes de Estado y realizó visitas internacionales destinadas a preparar el inicio de su mandato. Ya instalado en el gobierno, decidió trasladarse a vivir en La Moneda desde el primer fin de semana, una decisión que en la práctica implica asumir un ritmo de trabajo permanente.
Mientras parte del debate político se concentra en críticas por gestos o detalles menores, el Presidente se encuentra en la región del Bío-Bío visitando a las familias damnificadas en Penco, evaluando directamente las necesidades de reconstrucción y preparando lo que se espera sea una Ley de Reconstrucción Nacional destinada a apoyar a quienes han perdido viviendas y medios de vida. Su agenda también incluyó una visita a Carabineros en Los Álamos, en señal de respaldo a una institución que enfrenta diariamente complejos desafíos en materia de seguridad.
Todo esto ocurre, además, en un contexto simbólicamente significativo: el retorno del monumento al general Manuel Baquedano a su plaza, después de años en que ese espacio fue escenario de vandalismo, violencia y confrontación política.
Habermas insistía en que la democracia necesita una esfera pública donde el debate político se sostenga en argumentos y no en reacciones automáticas. Criticar al poder es parte esencial de la vida democrática, pero una crítica que se limita a gestos anecdóticos o a detalles secundarios corre el riesgo de empobrecer la discusión pública.
En una democracia madura, la crítica debe ir acompañada de algo más exigente: la capacidad de reconocer los hechos, evaluar las acciones de gobierno y contribuir con argumentos al debate colectivo.
Tal vez por eso la muerte de Habermas nos invita no solo a recordar su legado intelectual, sino también a preguntarnos por la calidad de nuestro propio debate político.
Porque criticar es parte esencial de la democracia.
Pero una democracia verdaderamente adulta exige algo más difícil: criticar con argumentos y reconocer los hechos cuando estos ocurren.
De mis apuntes de ética.
Christian Slater E. 
Mg. Ciencias Militares.
El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente el pensamiento The The Times en Español 

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