
Una generación que puede orientar el rumbo: hacia un centro amplio, moderno y sin complejos
Victor Manuel Arce Garcia
Chile atraviesa un momento decisivo. Mientras la discusión pública se tensiona entre polos que disputan interpretaciones, el país enfrenta problemas urgentes: inseguridad creciente, un sistema de salud al límite, retrocesos en movilidad social, incertidumbre económica y un malestar institucional que deteriora la confianza en las reglas básicas de convivencia. El desafío es que la próxima disputa presidencial no sea solo por una banda, sino el primer paso de un pacto más duradero. En este escenario, ofrecer respuestas desde categorías antiguas es tan insuficiente como peligroso.
Por eso, el desafío no es borrar las ideologías, sino actualizarlas. Las tradiciones liberal, socialcristiana, humanista cristiana, socialdemócrata y comunitarista contienen principios valiosos para construir un proyecto común.
Lo que hoy se requiere es articularlas en un centro político que no sea refugio ni punto medio vacío, sino una posición con identidad propia, dispuesta a impulsar el acuerdo, responsable, moderna, pragmática y orientada al bien común.
La reciente elección reveló algo esencial: la ciudadanía no está votando únicamente por doctrinas históricas, sino por soluciones concretas. El voto fragmentado y la desafección hacia los partidos tradicionales muestran que existe un espacio para reconstruir un centro con legitimidad social, técnica y ética.
En ese marco, la generación sub-40 tiene un rol que no es excluyente, pero sí orientador. No se trata de conformar un proyecto solo juvenil, sino de permitir que esta generación —más expuesta a la globalización y demandante de eficacia estatal— establezca un nuevo tono: que cambie el voluntarismo por la gestión técnica, que mire nuestra historia con respeto, aprenda de ella y avance con fuerza por un presente abierto al diálogo y la transversalidad.
La tarea es clara: transformar la diversidad ideológica en convergencia práctica, abordando las tareas urgentes y pendientes de nuestra sociedad:
• Seguridad: Combate frontal al crimen organizado y recuperación efectiva del orden público.
• Probidad y Gestión Pública: Tolerancia cero a la corrupción, con un compromiso ineludible con la fiscalización y la máxima transparencia; asegurando una gestión técnica, eficiente y con controles estrictos en el servicio público.
• Salud: Un sistema que funcione, garantizando acceso oportuno y trato digno.
• Economía: Crecimiento inclusivo, destrabando la inversión para generar empleo estable.
• Educación: Volver a poner la calidad en el aula como motor de movilidad social.
• Sostenibilidad: Responsabilidad hídrica y ambiental para garantizar el futuro del territorio y las próximas generaciones.
• Estado: Un aparato estatal ágil que ejecute y resuelva los problemas, no solo los diagnostique.
Un centro sin complejos no es ambiguo; por el contrario, tiene metas claras. Significa tener la convicción de que las reformas deben ser profundas pero viables; que los derechos sociales deben ser garantizados con responsabilidad fiscal y que la dignidad humana es intransable. Significa reconocer que la cohesión social no se construye desde la estridencia, sino desde la moderación activa, la evidencia y el sentido de realidad.
Para lograrlo, este liderazgo debe combinar audacia intelectual con despliegue territorial. Es urgente entender cómo estas respuestas aterrizan realmente en las diversas regiones del país, en los barrios, consultorios, escuelas y pymes. Sin esa conexión palpable con la vida cotidiana, las ideas se quedan en la editorial y no le sirven a las personas.
Las familias hoy claman ser escuchadas, pero miran con desconfianza las formas de la política actual. Por eso el llamado es más profundo: iniciar una convergencia amplia donde distintas tradiciones confluyan en una hoja de ruta común. Un esfuerzo liderado por voces de cambio con la energía para asumir este rol, pero enriquecido por la experiencia de quienes llevan años sirviendo al país desde la política local y nacional, la sociedad civil, el sector privado y la academia. Recogemos el guante de la sociedad civil y el mundo técnico: la tarea es establecer un acuerdo institucional, transversal y estable que defina metas país al 2050 y revise periódicamente su cumplimiento, cualquiera sea el gobierno de turno. Nuestro compromiso es impulsar y trabajar por ese gran acuerdo nacional para el desarrollo.
Chile necesita un centro renovado. Uno que no reniegue de la historia, pero que se atreva a construir futuro con seriedad, responsabilidad y coraje cívico.
Felipe Olivares Vergara
Pía Cáceres Salinas
Matías Fierro Ramírez
Juan Epuñán Levio


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