El Diario Electrónico

Extranjeros atrapados en Chile por la pandemia

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El brote de coronavirus los pilló acá y, con el cierre de las fronteras, han tenido que salir a la calle a pedir dinero, durmiendo en albergues o con la ayuda de gente que han conocido. Un ucraniano, un peruano y una colombiana cuentan aquí sus peores días y una cara menos conocida de la emergencia sanitaria.

La historia de Vladimir Sokolov (30) inició hace unos meses. El ucraniano, graduado de finanzas en la Universidad Estatal de Mukachevo, emprendió en septiembre de 2019 un viaje que lo llevó hacia Alemania, visitó España y después voló a Cuba, para continuar por México, Perú y Chile. “Fue justo antes de Año Nuevo, que celebré en Antofagasta. Viajé un mes por el país y después fui a Argentina, donde recorrimos la Patagonia de ambos países con un amigo. Cruzamos nuevamente hacia acá, llegamos a Chile Chico y, un día después, cerraron las fronteras. Ese fue el inicio de mi cuarentena por el coronavirus”, cuenta él, sentado a las afueras de la sucursal de Falabella de Paseo Puente, en Santiago Centro.

El mayor de dos hermanos, tras finalizar sus estudios, comenzó a trabajar en República Checa en el área de la construcción. Como el empleo le trajo complicaciones físicas a la espalda, decidió dejarlo. “Pero eso fue solo porque la situación en Ucrania no es tan buena, y hay ciudadanos por eso mismo que están trabajando en otros países de la Unión Europea. Después de eso, decidí cambiar mi vida”, afirma Sokolov, quien además se decidió a viajar cada cierto tiempo fuera de su país y no estar amarrado a un trabajo que no le guste. “Partí viajando hace tres años. Primero fui a algunos lugares en Europa, otros en Asia, después trabajé de nuevo y viajaba por ejemplo 3 ó 4 meses y regresaba a mi casa y trabajaba otra vez”, dice él, que en su anterior empleo se desempeñaba en el área de ventas en un local de venta y reparación de computadoras.

Ahora el panorama es distinto. Tras la declaración de emergencia sanitaria en el país por el avance del COVID-19, Sokolov se trasladó a Puerto Montt junto a su amigo, y decidió comprar pasajes para el pasado 15 de mayo de vuelta a Ucrania. “Como el vuelo salía desde Santiago me trasladé, pero en los primeros días de mayo recibí un correo de la agencia diciendo que mi vuelo era cancelado. Por eso tuve que quedarme acá y esperar a que la cuarentena termine y poder conseguir nuevos boletos”, dice el ucraniano, sobre el ticket que compró en Kiwi.Com. Intentó contactarse con la agencia, que afirma es muy conocida en Ucrania y Rusia, pero tras nulos intentos, no lo ayudaron ni devolvieron su dinero.

Originalmente, luego de su paso por la Patagonia, Sokolov pensaba volver a Buenos Aires, para luego ir a Uruguay y subir hacia Brasil, para regresar a Ucrania a mediados de mayo. “Mientras estaba en el sur entendí que la situación no era tan buena y no podría seguir viajando”, comenta, quien dice que después de tres años viajando, no tiene complicaciones para distribuir u dinero entre alojamiento y comida.

Sokolov, de sombrero, bufanda, parka y mascarilla, parece un turista cualquiera, pero es un cartel en el suelo es el que alerta su situación. El improvisado cartón, con letras grandes, advierte que es “un mochilero” y que no tiene cómo volver a Ucrania. Ahí mismo ofrece fotos de sus viajes a cambio de donaciones. Paisajes de Chile y Ucrania se mezclan en las baldosas de la calle, con un marco que indica su cuenta de Instagram @DjBoxaDj. “Desde el Gobierno chileno no he recibido ayuda, y desde la embajada de Ucrania me dieron, hace unos meses, US$66 como ayuda. Con ese dinero, en Chile, te alcanza para vivir una semana como máximo. Así que logré conseguir dinero de otras familias ucranianas que viven acá. Unos US$150 más. Pero la mitad se la mandé a mi amigo en el sur”, dice Sokolov, y añade: “mi familia -con la que habla dos veces a la semana- me envió un poco de ayuda, pero no son ricos”.

Su rutina, dice, es siempre distinta, pero por lo general sale de casa -arrienda una pieza en Santiago Centro por $170 mil, en un departamento que comparte con dos chilenos- cerca a las 10:00 y vuelve a las 16:00 horas. “Depende del clima, si hay mucha gente o no y si hay policía. Antes carabineros me decían que no podía vender fotos, pero ahora entienden más mi situación”, explicita el ucraniano, quien agrega: “Ellos me piden los permisos, pero les explico mi situación y solamente me desean suerte”.

Un mes atrás, Sokolov volvió a solicitar fondos a la embajada, pero le dijeron que “tenían otra gente a la que ayudar y estaban en peor situación que la mía”. Sobre la venta de sus fotografías, afirma que “no va tan mal, pero tampoco se vende mucho, porque durante la cuarentena no hay tanta gente en las calles. No hay una situación buena en el país ni para la gente. No tienen dinero. Pero hay gente que me ayuda. Gracias a eso puedo arrendar la pieza y comprar un poco de comida”.

“No tengo miedo de la calle y no he tenido problemas ni me han robado, soy cuidadoso”, dice él. “Conocí a otra gente en mi situación, pero online. Un tipo de Rusia que también vendía sus fotos, pero hace una semana mandaron un avión de evacuación para todos los rusos en Chile y volvió a su casa. Pero el Gobierno de Ucrania no da esa ayuda. Sé que él durmió en algún parque en una carpa”, dice. Con respecto al contacto con los peatones, dice desconocer si ha tenido contacto con alguien infectado de COVID-19, pero cree que sí. “Cuando estuve en Chile, en enero, estaba realmente enfermo. Y siguió cuando estuve en Santiago, Pucón y Villarrica. Pero realmente muy enfermo, con dolor de cuerpo. Pero fue antes que se desencadenara el coronavirus acá”, afirma.

¿Si tuviese que comprar el pasaje ahora, tendría el dinero? “No lo tendría. Pero es dinero que sacaré de mi tarjeta de crédito una vez que se pueda, y cuando vuelva a Ucrania lo devolvería al banco. Por ahora, esa será la modalidad”.

A fines de junio la embajada de Ucrania respondió el requerimiento de Sokolov, costeó los gastos por su habitación en Santiago Centro y de alimentación, y luego el ucraniano dejó el país el 9 de julio pasado.

Junto a su perro

El peruano Cristopher Pebe (25) comenzó su camino en Chile en noviembre de 2019. Desde ese entonces, recorrió de norte a sur el país, llegando hasta Chiloé, en un viaje que se vio interrumpido en marzo pasado, cuando apareció el primer brote de COVID-19 en el territorio nacinal. Junto a su perro Caramelito, un pitbull, ha viajado durante dos años y medio por Latinoamérica, y supuso que no sería problema su compañero cuando comenzaron a reportarse los primeros casos. Eso sí, durante este tiempo ha conocido gente en redes sociales, quienes lo han alojado, dado alimento para él y su animal, e incluso llevado de una ciudad a otra “solo a dedo”.

“Cuando partió todo esto estaba en Pucón, y después me fui tres semanas a Temuco. Como se decretó cuarentena, salía a la calle a ‘machetear’ porque tampoco podía salir a generar lucas para mí o para volver con algo para la famlia que me recibió. También iba casa por casa pidiendo víveres”, relata. En el terminal de buses de Temuco preguntó si los podían llevar a él y a su perro a Santiago en bus, pero le dijeron que no, porque necesitaba un canil. Al lograrlo, “que me lo conseguí con dinero macheteando”, le dijeron nuevamente que no.

Pidió ayuda en redes sociales, le regalaron una bicicleta y un carrito con los que llegó junto a su perro a Concepción. Ahí se quedó unos días en una carpa y otros en la casa de un señor que los acogió. Conoció a un chico que lo llevó a la ruta norte, donde conoció a otra persona que los acarreó a Curicó donde un amigo y luego llegó a Santiago, donde se queda hasta el día de hoy, en la comuna de Independencia, en la casa de una familia que vio su historia a través de las redes sociales.

“En Santiago está duro y salir a la calle está más complicado. Hay gente que, imagino, está pasando por las mismas cosas. Un par de veces me han parado carabineros, les cuento de mi situacion y me preguntaron si estaba en plan calle, pero les digo que no y siguen su camino”, dice el también cocinero de formación. “Si no fuera por el perro, quizás estaría más simple esto y yo en mi casa. Pero estar en esta misma situación sin él habría sido difícil. Es apoyo. Por Caramelito la gente ve que soy buena persona y sienten ternura”, dice con gracia.

Como las fronteras con Perú están cerradas, Pebe afirma que está a la espera que la situación se normalice o cambie un poco. Si no, dice, su plan más seguro sería el de enviar a Caramelito por tierra hacia Brasil, para luego hacer una conexión desde Sao Paulo hacia Lima y que alguien lo reciba allá. Mientras, él intentaría cruzar hacia Perú. Pero todo eso es materia de análisis. Lo que le importa a él es mantenerse junto a su perro. “Necesito llegar a mi casa. No veo el mañana de encontrarle solucióna esto. Que me dejen viajar con el perro, que alguien me diga que me lleva a la frontera o encontrar un lugar en el que nos puedan recibir hasta que todo esto pase”, dice el limeño.

“También la estoy pasando mal. No me alimento como debería ser, como si estuviera en un lugar seguro. Si no estuviese en esta situación, por lo menos me podría preparar algún desayuno o almuerzo… Acá tengo que estar viendo dónde poder alimentarme, consiguiéndome… sobreviviendo”,dice.

Afirma no haberse hecho ningún test de COVID-19, pero “trato de no meterle miedo a mi cuerpo. Mientras le mandes una orden a tu cuerpo de que está bien, estará bien”. A pesar de eso, dice salir siempre con mascarillas y evitar las aglomeraciones.

Semanas atrás, Pebe pudo confirmar que el próximo vuelo a Perú, a través de Latam, es el 8 de agosto. Actualmente está recaudando fondos para poder costear el viaje y estuvo en trámites para certificar a Caramelito como un animal de compañía y que pueda acompañarlo a bordo del avión. El cocinero dice que, durante su aventura, ha pensado en abandonar al perro, pero luego se retracta. “Es tanta la historia que tenemos juntos”, lanza él, y luego añade: “Después de ver tanta necesidad, a pesar de todas esas cosas que he estado pasando, me tomé valentía… Y dije ‘Cómo voy a dejar al perro si lo saqué de mi casa’. Mi responsabilidad es hacerme cargo de él, a pesar de lo que estemos pasando, no dejarlo”.

Sin oportunidades

Diana Tangarife (45) llegó desde Colombia hace dos años en búsqueda de oportunidades. Desde entonces trabajó en una fábrica de helados artesanales y en el rubro de hotelería, pero quedó cesante a fines de 2019 con las protestas sociales en el país. “Tenía planes de volver a Colombia, pero eso quedó en nada. En un principio me iba a ir por tierra el 24 de marzo, y días antes sucedió el cierre de fronteras. Por suerte, aún no tenía los pasajes comprados, porque los debían comprar desde Colombia”, cuenta la mujer, que previo a su llegada a Antofagasta, tenía una tienda de ropa en el municipio de Armenia, en la parte este de su país.

Los primeros días de julio permaneció en un albergue junto a otros colombianos a la espera de la salida de un vuelo humanitario. Eso sí, afirma que a principios de junio hubo un vuelo que salió a Colombia para repatriar a sus coterráneos y traer de vuelta a Chile a ciudadanos locales, pero plantea que lo que esperan ahora es un traslado por el que no tengan que realizar gastos. Sobre el albergue, dice que lo dejó hace unas semanas “porque estábamos en una carpa y pasábamos frío”, y ahora se queda con unos amigos.

“Mi primera necesidad es tener algo para poder comer. Ahora estoy con unos amigos. Somos cuatro y el departamento es de uno de ellos, pero se quedó sin trabajo hace unos días y se lo pidieron de vuelta. Tendremos que buscar y ahí también estará la necesidad de arriendo. No tenemos empleo, entonces no hay cómo generar dinero”, dice Tangarife.

Sobre la embajada, dice que mientras permanecían en el albergue, donde habían otros 77 colombianos, recibían todo tipo de ayudas y eran “muy bien atendidos”. Días después de su salida, se confirmó que una de las niñas que se alojaba ahí dio positivo al COVID-19 y el intendente de Antofagasta aseguró que todos tendrán que someterse a cuarentenas preventivas. “Queremos que todo

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