Google es un peligro para la democracia

Opinión 13 de agosto de 2019 Por
Google tiene poder monopolístico sobre los motores de búsqueda. Google controla más del 69% del mercado mundial de motores de búsqueda de Internet y en 2014 declaró unos beneficios de 4.000 millones de dólares.

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"Google, propiedad de Alphabet Inc., es famoso por encontrarse a la cabeza de los motores de búsqueda a nivel mundial, siendo uno de los más utilizados en la web. Sospechar que la búsqueda de información en un buscador de internet, propiamente tal, podría hacer peligrar la democracia parece una cuestión remota. Más bien, se ha convertido en una creencia popular el aforismo “mientras más información, más democracia”. Y es que no podríamos temer de un libro virtual aparentemente inagotable al que nos es posible emitir gratuitamente solicitudes que viajan, en promedio, unos 2400 kilómetros en un cuarto de segundo, el tiempo que tarda en surgir la respuesta, un tiempo que es aproximadamente idéntico al de un parpadeo.

Informarse frente al escritorio con Google abierto parecería ser, en pocas palabras, un abrir y cerrar de ojos. Si internet cambió el paradigma de la comunicación con la velocidad en que se fríe un huevo, Google fue la sartén utilizada para ello. El mundo entero ha podido nutrirse de la innegable información que alberga Google y esta es, sin duda alguna, una de las mayores herramientas de búsqueda e investigación del mundo occidental a costo cero, algo no menor teniendo en mente que la historia de las democracias no conoció de una difusión de información tan transversal, gratuita y sin distingos de clases como la de Google. Sin embargo, hay peligros que la sociedad no ha logrado percibir acertadamente y que pueden llevar a la diligente destrucción de la estructura democrática.

Google tiene poder monopolístico sobre los motores de búsqueda. Google controla más del 69% del mercado mundial de motores de búsqueda de Internet y en 2014 declaró unos beneficios de 4.000 millones de dólares. Google no sólo define la manera en que se utiliza internet, sino que ejerce una enorme influencia sobre la legislación en materia de protección de datos en todo el mundo. Sólo piénsese que Larry Page, uno de los dueños de Alphabet Inc., de la cual es propiedad Google, es el décimo hombre más rico del mundo según el Ranking Forbes 2019, con un patrimonio de 50.8 miles de millones de dólares. No suena muy inocente que uno de los diez hombres más ricos del mundo decida qué leerás esta mañana al escribir “noticias de hoy” en Google, ¿verdad?

Monopolizar la información de esta manera es algo absolutamente benigno para la democracia. Si Google decide qué puedes buscar, qué obtienes de esa búsqueda y luego almacena mediante algoritmos (PageRank) todos los pasos que diste desde la búsqueda hasta que cierras la página, entonces tu acceso a la información ya no es tan gratuito y democrático como planeábamos al principio. Es muy importante entender que no existe libertad en un espacio donde no puedes fijarte tus propios límites. Y sin libertad, no hay democracia.

No podemos entender a Google como un aliado de las democracias mundiales porque no somos verdaderamente libres navegando en sus mares. En Google no elegimos qué leer, no solemos entender la forma en que sus algoritmos funcionan y seleccionan información, ni tampoco la facilidad con que los datos podrían ser utilizados para fines antojadizos sin la menor solicitud a sus usuarios y usuarias.

Si alguien te ofrece una llave que efectivamente abre una puerta, debes tener en consideración que no sólo es muy probable que esa persona haya estado dentro del lugar, sino que con certeza conocía la cerradura y sabía que esa llave lograba abrirla.

La expresión «Efecto de la Manipulación de los Motores de Búsqueda» (SEME, por sus siglas en inglés), fue utilizada en agosto de 2015 por Robert Epstein y Ronald E. Robertson, dos académicos de Estados Unidos. Epstein y Robertson mostraron que manipulando las clasificaciones de búsqueda “podrían cambiar en 20% o más las preferencias de los votantes indecisos”. El efecto podría ser mayor al 20% en algunos grupos demográficos, y quizás significativamente más alto si esta tendencia que ordena las búsquedas “pudiera ser enmascarada de manera que la gente no tenga ninguna conciencia de la manipulación”. En pocas palabras, comprobaron que los votantes cambian su decisión a la hora de votar por uno u otro candidato en función de si les aparece en las búsquedas de Google o no y con qué frecuencia.

La situación es alarmante, no sólo porque Google es el mayor motor de búsquedas consolidado en internet, sino porque el almacenamiento de –nuestros– datos y flujos de información mediante algoritmos para un gigante como este son algo tan fácil de hacer como el viaje de 2400 kilómetros en un cuarto de segundo que mencionábamos al principio.

¿Es Internet y Google un intento humanitario por llevar la información –hasta hace poco inaccesible– a lugares fuera de la Aldea Global?, ¿o acaso representan un control fundamental de los límites democráticos por parte de grupos de poder de aquello que tomamos como verdadero o falso? Hay una sola cosa que es clara y debería bastar para descartar a Google como una herramienta democrática: Internet no es ni jamás será neutral.

 

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