No botemos lo que podemos votar

Opinión 18 de noviembre de 2019 Por
Cuando nos sentemos a discutir una nueva Constitución, asegurémonos de que en ella quede plasmado el incentivo a la participación ciudadana más allá del acto de sufragar.
Plaza_it
- AgenciaUNO

Hace un mes salimos todos a la calle porque, en una catarsis colectiva a nivel nacional, nos choreamos, todos los chilenos, con o sin plata, del campo o de la ciudad, en un estallido social inédito en nuestra historia.

Sabíamos que décadas de manifestaciones pacíficas y de reclamar pidiéndole permiso a los pacos no nos llevaron nunca a nada, así que la violencia se tomó todo. La lamento pero no la condeno, porque para que las autoridades se urgieran y tomaran en serio las demandas del pueblo, no iba a bastar con una batucada en la Alameda o con salir a marchar disfrazado de zombie, no seamos cándidos.

Vimos parches del gobierno al inicio, vimos represión, vimos terrorismo estatal, vimos parches en los ojos de más de 200 compatriotas y al menos uno que ya no puede seguir viendo; gente violada en las comisarías, gente muerta en dudosas circunstancias, pacos con la cadena suelta abusando de su poder con la anuencia explícita de su general director.

Todo lo anterior hizo que por fin nuestra clase política - porque sí, estamos frente a una crisis política con efectos en lo social- por fin se sentara a buscar una solución al conflicto. La solución profunda es cambiar nuestra Constitución, pues es bajo su alero que gran parte de las leyes que nos abusan y ultrajan están validadas. Y es gracias a esa misma carta magna firmada por un genocida en 1980 que muchas mejoras en lo social se han visto frenadas, ya sea porque exige quórums ridículos o porque el tribunal constitucional (una tercera cámara designada por poderes superiores, no por el pueblo), las termina frenando.

La UDI, partido que surgió por y para defender esa Constitución, cedió. Y por fin dejamos de estar atados a ella, ahora toca confirmar en las urnas lo que queremos, y cómo lo queremos.

Sin duda fue un triunfo del pueblo, que debe velar por fiscalizar que todo se haga de forma transparente, al tiempo en que Piñera (un inútil que quedará en los libros de historia como un gerente que intentó tomar las rienda del país como si fuera una más de sus empresas) y el Congreso aceleren la agenda corta que permita palear en algo el malestar en el corto y mediano plazo.

¿Pero, qué pasó? Varixs señoritxs rasgaron vestiduras, en vez de darse cuenta que estábamos ante un hito que nadie en 209 años de vida republicana independiente había presenciado, le buscaron la quinta pata al gato y de inmediato el grito en el cielo: se había "negociado a espaldas de la ciudadanía".

La crisis de representatividad - otro de los factores que nos llevó al estallido social, y que es materia de otro análisis- no solamente tiene que ver con lo desconectado de los partidos políticos con sus representados, sino que especialmente con el individualismo con que gran parte de la población vive, no hay casi sindicatos, la CUT ha perdido validez debido a cuestionamientos políticos, las juntas de vecinos son débiles y los clubes deportivos, ya escasos, no cuentan con la misma actividad que antaño.

Visto ese panorama, ¿de qué forma parte de la ciudadanía iba a entrar a La Moneda a negociar? ¿Qué actores sociales están validados para hablar por todos? Se sentara quien se sentara en esa mesa, siempre iba a quedar alguien acusando que se traicionó al pueblo. Lo único “representativo” institucional que queda son los senadores y diputados en el Congreso.

El acuerdo uno de los mejores escenarios a los que pudimos haber llegado, pero hoy lo estamos farreando: mientras la ultraderecha se articula y organiza para votar que no en abril, la gente que exige el cambio se enfrasca en peleas chicas, en grandes gestos de agravio y exigencias de desagravio que perfectamente podrían ser un chat de WhatsApp entre los involucrados. Y los cabezas de termo que todavía viven en el periodo previo a la caída del muro de Berlín, exigen una revolución que no va a llegar, porque no tenemos las armas y porque las fuerzas armadas y de orden han dado muestras palmarias de su efectividad cuando se trata de matar a su propio pueblo.

Cuando nos sentemos a discutir una nueva Constitución, asegurémonos de que en ella quede plasmado el incentivo a la participación ciudadana más allá del acto de votar. Por ahora, en el estado de precarización social en el que vivimos, lo mejor a lo que pudimos llegar fue esto, no lo rompamos con pendejadas, no seamos irresponsables, la sangre de nuestros compatriotas no puede ser en vano.

*Marcos Hurtado Marín es periodista y licenciado en comunicación social de PUCV.

Recibe en tu correo las noticias más importantes del día

Te puede interesar