El Diario Electrónico

Cambio de gabinete: volvió la Alianza por Chile

0 4,357

Lo que la opinión pública pudo constatar el pasado martes en el Palacio de La Moneda no fue un cambio de gabinete en el que salieron rostros que fueron reemplazados por otros rostros para mejorar la gestión de Gobierno.

Nada más lejos de la realidad.

En rigor, lo que vimos ese día fue el fin de una época y en inicio de una “nueva era”, que de nueva no tiene nada, pero que marcará a fuego el fin del segundo mandato del Presidente Sebastián Piñera y, por sobre todo, la campaña electoral de 2021.

Se trata de la hegemonía de RN y la UDI, antaño la Alianza por Chile, en el manejo político de la derecha. Chao al “Piñerismo”, plasmado en la fundación Avanza Chile que organizó el retorno del empresario a Palacio y estableció las primeras directrices de la actual administración, y hasta luego a Chile Vamos, pensando en un manejo del conglomerado que tuvo como inusual partido eje a la cuarta fuerza municipal del sector, Evópoli (la tercera es el PRI), al extremo de tener a dos ministros en el Comité Político e intendentes en regiones sin concejales ni alcaldes.

Jugando a la literatura, esta “nueva era” es un deja vu de una novela que tuvo su primer episodio en Piñera 1, cuando tras la formación de la “Coalición por el Cambio”, con Chile Primero y el Movimiento de Humanistas Cristianos como consortes, se intentó formar una “nueva derecha” que incluso tuvo un abominable segundo apellido, “Hinzpeteriana”, en el que el hombre de confianza del Jefe de Estado, Rodrigo Hinzpeter, a la sazón ministro del Interior, era la cabeza de un esquema distinto de derecha, más abierta, tolerante y democrática. Al punto de dialogar con la oposición temas ligados al Acuerdo de Vida en Pareja y otros asuntos propios de la movida progresista.

“¿Qué pasó en ese entonces? La bancada de diputados de la UDI, encabezada por José Antonio Kast -quien hoy no es ni diputado, ni milita en el partido-” y lideró una ofensiva contra Piñera donde advirtieron que los votos gremialistas no iban a estar con el Gobierno si insistían en cruzar la vereda.

Más allá de lo bullicioso que resulta que el Ejecutivo tenga que acudir a parlamentarios para cubrir carteras con evidentes falencias, que también ocurrió en Piñera 1, acá hay sucesos que se repiten, y de mala manera. La UDI nuevamente golpeó la mesa exigiendo protagonismos y alegando contra un Gobierno que perdió el rumbo desde el estallido social y que cometió el peor error que se puede ejecutar en el inicio de un período presidencial: alejarse de quienes lo eligieron.

Así perdió el apoyo de la “bancada evangélica”, por sus concesiones en la agenda valórica, y más adelante, con los incendios en el Metro, los saqueos y el clima de violencia y calor callejero que se instaló en el país desde octubre de 2019, perdió el respaldo de la derecha sociológica. Todo por revivir un proceso constituyente que había fracasado con Michelle Bachelet en el poder y que hoy nos tiene ad-portas de una hoja en blanco para elaborar una nueva Constitución.

Para la UDI, esa derrota ideológica había sido muy dura, lo que se cristalizó con la firma del “acuerdo por la paz” que comandó el líder de RN Mario Desbordes junto a la oposición. Por lo mismo, lo que vino después, la votación del retiro del 10% de las pensiones, era solo un episodio más que ya no dolía tanto. Es más, a sabiendas de la derrota política que se le venía a La Moneda, hubo legisladores que votaron a favor del proyecto, Iván Moreira incluido, “porque la gente necesita esos recursos”, argumentaron.

¡Tanta bondad por la gracia de Dios! Todos sabían que le cara de ese revés legislativo era Gonzalo Blumel, ministro del Interior y hombre de confianza de Piñera. Por lo mismo, era obvio que tenía que salir. Y con ello, salía también ese esquema “open mind” con la izquierda que nos hace recordar a la fallida derecha hinzpeteriana que hasta ahora solo le ha traído sinsabores a la derecha, sea social, tradicional o lo que sea, menos Chile Vamos.

Lo que queda de coalición debe quemar todas sus naves si quiere mantenerse a flote, sea apelando al masoquismo de llevar a Lavín de candidato, que no gana elecciones, o buscando algún conejo del sombrero proveniente de las caras buenas que deja este Gobierno. El reloj y el calendario siguen avanzando y ya no queda margen de error.

 

Por Guillermo Arellano

 

También podría gustarte