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Me quieren, mucho, poquito, nada

Una de las características más descarnadas que experimenta la política a nivel internacional es la corta duración de la popularidad de sus liderazgos.

Nombres que un día son aclamados, votados e instalados en puestos de poder, al poco andar son cuestionados y deslegitimados por la ciudadanía y sus pares.

 

Se trata de un fenómeno mundial reflejado en los tomates que recibió a tres días de ser reelecto en Francia Emmanuel Macron. En la piedra lanzada a Gabriel Boric en su primera visita a regiones en Chile. En la galopante impopularidad de Pedro Castillo en Perú. En la anticipada jubilación política de Pablo Iglesias en España. En la probable despedida de Jair Bolsonaro en Brasil.

 

Esta distancia cada vez menor entre “el auge y caída” no es nueva en Chile, y afectó en el pasado reciente a mandatarios de distinto signo político. Los segundos gobiernos tanto de Michelle Bachelet como de Sebastián Piñera, al poco andar cayeron en profundos pozos de desaprobación.

 

Hace 4 meses Gabriel Boric batió el récord electoral en Chile. Conquistó más de 4 millones 600 mil votos. Pero bastó un mes de Gobierno para que algunas encuestas, coincidieran en una temprana desaprobación en torno al 50%.

 

¿Por qué pasa esto? En su reciente libro “La política de las emociones” el periodista y académico español Toni Aira, describe como los liderazgos políticos actuales conectan con los votantes a través de las emociones. Hace tiempo dejamos de votar por los colores políticos de nuestros padres. El voto cultural más duro anclado en el tradicional eje izquierda o derecha quedó en el pasado.

También pasó a un segundo plano el llamado voto utilitario. Las propuestas del candidato que me podían ayudar. El programa de Gobierno que hoy casi nadie lee.

 

Lo que moviliza hoy son las emociones. Conectar con el electorado y provocar sentimientos. Euforia, optimismo, admiración, simpatía, satisfacción por mi candidatura. Y si es posible enfado, odio, indignación (entre otros) por el adversario. Las redes sociales contribuyen en esta dinámica. Por eso Twitter, instagram y Facebook se han transformado en uno de los principales espacios de campaña.

 

Pero la cruel trampa en la que caen los liderazgos políticos basados exclusivamente en las emociones, es que estas son pasajeras en el ser humano. Un día nos gusta algo y al otro no. “Del amor al odio hay un paso“, dicen sobre las relaciones amorosas. Las mismas que hoy buscan construir los candidatos con sus votantes. Un vínculo emocional que puede servir para ganar elecciones, pero traicionero a la hora de gobernar.

 

Antonio Ruiz.

Periodista y Máster en Comunicación Política, Universidad de Alcalá en España

 

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