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Diputados designados: los “cachos” de la política chilena

En medio de la crisis casi total que vive la política criolla, que incluye abanderados presidenciales con firmas falsas, convencionales constituyentes que avalan amenazas de muerte, candidatos al Congreso con papeles quemados, entre otras vainas, existe un selecto grupo de personas que pasaron de la segunda o tercera línea a ostentar un inusual y exagerado protagonismo en la contingencia noticiosa.

 

Son los parlamentarios designados.

 

Antes eran los senadores institucionales que la Constitución de 1980 estableció a dedo para los primeros años post dictadura militar, lo que fue derogado en 2005. Ahora son los legisladores designados que asumen cuando un senador o un diputado en ejercicio es nombrado ministro, fallece, enferma de gravedad o renuncia para postular a otro cargo de elección popular.

Entre pito y flauta, en la actual composición del Congreso Nacional, el listado de designados ha ido creciendo sin pausas. Anote: los RN Camilo Morán y Tomás Fuentes, que reemplazaron a Mario Desbordes y Andrés Allamand, entonces senador, cuando el Presidente Sebastián Piñera los nominó de ministros de Defensa y Relaciones Exteriores, respectivamente, lo que generó la llegada de Marcela Sabat a la Cámara Alta proveniente de la Baja.

Luego vienen los UDI Cristián Labbé hijo y Nora Cuevas, que tomaron las postas que dejaron los entonces diputados Patricio Melero y Jaime Bellolio al ser elegidos ministros del Trabajo y Secretario General de Gobierno por la actual administración. De la misma manera, Claudio Alvarado se integró al Senado cuando Víctor Pérez pasó a convertirse en ministro del Interior.

En la otra vereda, en tanto, Marcela Sandoval (RD) y Rubén Moraga (PC) relevaron en la Cámara Baja a Renato Garín y Hugo Gutiérrez, quienes fueron candidatos a constituyentes. Y en el PPD, cuando Felipe Harboe se presentó por un cupo a la CC, la diputada Loreto Carvajal tomó su puesto en el Senado y, a su vez, el escaño vacante fue cedido a la NN Patricia Rubio.

La pregunta del millón: ¿aportan algo estos parlamentarios designados? La respuesta es fácil, no.

En el caso de Camilo Morán Tomás Fuentes, más allá de dar declaraciones circenses y de farándula política barata, aún no conocemos algún proyecto de ley que justifique su presencia en el hemiciclo, que por lo demás le cuesta demasiados millones de pesos a los contribuyentes chilenos.

Pensando en los votantes, es obvio que tendrán muchas complicaciones para “reelegirse” el próximo mes de noviembre, porque la gente apostó en 2017 por Desbordes en el distrito 8 (Maipú, Pudahuel) y Sabat en el 10 (Ñuñoa, Santiago), no por ellos. Y si bien Morán venía de la concejalía de Lo Prado, otra cosa son las ligas mayores de la competencia parlamentaria. Por lo mismo, Fuentes se cambió al distrito 14 (San Bernardo, Melipilla), porque en el 10, literalmente, no lo conoce ni Santa Isabel.

Lo mismo pasa con los demás designados, que, por lo menos, podrán llenar sus billeteras hasta marzo de 2022, lo que constituye un suculento premio de consuelo si no logran cuatro años más de trabajo legislativo.

¿Qué hacemos con estos verdaderos “cachos” de la política chilena, que son los designados? Hasta el año 2005, cuando un escaño quedaba vacío asumía el compañero de lista de la última elección (el ejemplo emblemático ocurrió cuando Miguel Otero se quedó con la senaduría de Jaime Guzmán tras su asesinato en 1991). Hoy son los partidos, de acuerdo con el artículo 51 de la Constitución, los que resuelven el nombre del reemplazante.

No asume el más idóneo, ni el más capaz o preparado, ni el que obtuvo más votos que un legislador electo, pero que por efectos del sistema electoral se quedó afuera. No. El premio queda para los “yes men” y los amigos del club, lo que de por sí es injusto y moral y éticamente cuestionable.

Veremos si a los convencionales constitucionales les da el cráneo y el tiempo para tratar esta materia. Todo Chile quiere que empiecen a hacer la pega por la que fueron contratados. Pero como se trata de restar privilegios para los partidos, las esperanzas de antemano son pocas. Para qué autoengañarnos y autoengrupirnos.

 

Por Guillermo Arellano

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